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Los zombis molan. Su torpe forma de andar, sus rápidas carreras a toda hostia, sus muecas de dolor desencajadas, esa manera tan peculiar de roer carne humana, esos gemidos guturales tan simpáticos… todo en ellos tiene encanto. Pero hay ocasiones en las que algo sale mal, y todo ese encanto muerto viviente no sirve para salvar lo que definitivamente es un producto mediocre.