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¿Recordáis aquellos maravillosos años de los salones recreativos llenos de enormes cajones de madera adornados con colores brillantes y diseños artísticos de dudoso buen gusto? ¿Esa época en la que no jugábamos a lo que queríamos, sino a lo que podíamos? ¿No? No, posiblemente tú, imberbe amigo no te acuerdes; pero tú, mi querido abuelete jugón, sí que te acordarás. Te acordarás de cuántas máquinas había, de qué juegos tenían, del señor que daba cambio (o de la máquina si el sitio era de nivel), de los chavales que siempre estaban allí sin jugar, sólo mirando; del apestoso olor que impregnaba todo el local, y sobre todo, de las tablas de clasificaciones, los llamados leaderboards.