Hace unos meses (cuando empecé a escribir este artículo), en uno de los primeros capítulos de la última temporada de Isla de las tentaciones, Darío (un chaval que había entrado al reality con su pareja, con la que llevaba 11 años), acaba morreándole el cuello y manoseándole las tetas a su tentadora en una especie de juego ritualístico extraño y antierótico que difícilmente podía reportar un mínimo de placer a ninguno de los implicados. La escena fue incómoda a todos los niveles: ella, sentada en una mesa baja que obliga a que él tenga que encorvarse en una postura ridícula y extraña, agarrándole los pechos con una rigidez delatora mientras, alrededor de la pareja, el resto de participantes contaban en voz alta los segundos que “debían aguantar” en ese juego de erotismo muerto donde nadie parece preguntarse qué sienten realmente los sujetos en escena.
Archivo del Autor: Viccarious
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Hace unas semanas, Jordi de Paco explicaba en una de sus charlas celebradas durante la Málaga Jam cómo había sido el recorrido de Deconstructeam. En su ponencia compartió que durante los primeros años trataron de optimizar sus recursos focalizándose en diseñar los juegos que «parecían funcionar mejor» con el público del momento. Este enfoque era fuente de frustración y miserias, ya que ni el proceso era especialmente enriquecedor, ni los resultados posteriores eran para tirar cohetes.
Tres diálogos con el miedo
El gusto por el disgusto
El ansia de dolor, el gozo de lo perverso, el éxtasis ante lo terrible. ¿Qué pasa con lo desagradable que resulta ser una fuente infinita de deleite y satisfacciones? Salvo excepciones, todos parecemos haber llegado a un consenso que nos permite diferenciar entre lo agradable y lo desagradable y, sin embargo, la bondad absoluta nos suena ajena e inhumana, la perfección nos causa indiferencia o termina por aburrirnos, el “felices para siempre” aparece como broche final porque si se pusiera al principio la cosa se quedaría más bien parada. El mal, por el contrario, es inmortal y nunca se detiene. No es casual que en el siglo XVIII el concepto de belleza empezase a encontrar nuevos rivales: lo pintoresco y, sobre todo, lo sublime, desarrollaron su propia estética y terminaron por destronar definitivamente a una de las Tres Gracias.
¡Vivan!
Dios ha muerto, ¡Vivan los videojuegos!
No todos los videojuegos cuentan una historia. No todo el videojuego es la historia. La dinámica de los videojuegos va mucho (muchísimo) más allá de las convenciones literarias y los géneros. Cada juego es autónomo (como el arte). Cada juego posee una expresión artística, cultural y narrativa propia.