Obediencia: Horses y la Isla de las Tentaciones

Escrito por en Artículos - 7 febrero, 2026

Hace unos meses (cuando empecé a escribir este artículo), en uno de los primeros capítulos de la última temporada de Isla de las tentaciones, Darío (un chaval que había entrado al reality con su pareja, con la que llevaba 11 años), acaba morreándole el cuello y manoseándole las tetas a su tentadora en una especie de juego ritualístico extraño y antierótico que difícilmente podía reportar un mínimo de placer a ninguno de los implicados. La escena fue incómoda a todos los niveles: ella, sentada en una mesa baja que obliga a que él tenga que encorvarse en una postura ridícula y extraña, agarrándole los pechos con una rigidez delatora mientras, alrededor de la pareja, el resto de participantes contaban en voz alta los segundos que “debían aguantar” en ese juego de erotismo muerto donde nadie parece preguntarse qué sienten realmente los sujetos en escena.

Las implicaciones del momento no son cosa menor: Almudena, la verdadera pareja de Darío, tendría que enfrentarse a ver estas imágenes, y el coste-beneficio de la situación es tan desorbitado que resulta inquietante observar cómo de inimaginable le parece a él la posibilidad de negarse a participar del juego. Porque nadie obliga a Darío a hacer nada de lo que hace. No hay amenaza. No hay peligro. Lo que hay es un grupo, un ritmo y una continuidad. El momento avanza y los implicados avanzan con él.

No me interesa tanto la moralidad del gesto como la estructura del mismo. Darío no está obedeciendo porque tenga miedo; lo hace por pura continuidad: la fuerza del contexto es mayor que la de su deseo. Negarse habría sido asumir el riesgo de cortar el rollo, de parecer un tieso o peor, de parecer maricón, porque solo un maricón podría pasar de sobarle las tetas a una tía. Obedecer, en cambio, y a pesar de las implicaciones, es más sencillo porque solo requiere permanecer en la continuidad de la escena.

En agosto de 1971, Stanley Milgram demostró que tan solo basta una bata blanca para que personas comunes aceptasen aplicar una descarga de intensidad letal a otra persona, solo porque se lo estaban pidiendo. Obedecían a un contexto: un laboratorio, un rol, una expectativa. El experimento era sencillo: se reclutaba a voluntarios anónimos con una compensación mínima, apenas para cubrir el autobús. A su llegada, se les decía que participarían en un experimento sobre la capacidad de memorizar unas palabras, y se les hacía participar en un supuesto sorteo en el que se decidiría quién haría de “profesor” y quién de “alumno”. El truco era que el alumno siempre era un actor cómplice; el único ingenuo en la sala era el que hacía de profesor, la persona que creía estar allí para probar su memoria y aportar algo a la ciencia.

La tarea era sencilla: recordar parejas de palabras. Cada error, sin embargo, implicaba subir un escalón en un generador de descargas que iba desde los 15 voltios (apenas un cosquilleo) hasta los 450, una intensidad marcada en el dispositivo como “peligro: descarga mortal”. Evidentemente, no había descarga eléctrica para el actor, pero los voluntarios sí escuchaban sus gritos y sus súplicas. Ese era el nudo del experimento: medir hasta qué punto un ciudadano corriente estaba dispuesto a infligir dolor extremo, incluso letal, si una figura de autoridad le pedía continuar. Y más de la mitad lo hizo: alrededor del 63% llegó hasta el nivel letal de voltaje.

Más allá del porcentaje de personas capaces de matar a otra sin ningún deseo de hacer daño detrás de su mano ejecutora, es el trance lo que me obsesiona: el desdoblamiento, la no necesidad de una razón de peso. No se llegaba al voltaje letal por crueldad, sino por mera obediencia.

Foucault lo formuló claro en Vigilar y castigar: el poder produce marcos de inteligibilidad que determinan lo que aparece como posible, como legítimo, como inevitable. Tanto el experimento de Milgram como el reality que ameniza nuestras noches funcionan como un espejo inquietante: muestra lo fácil que es ajustar el cuerpo y la voluntad al guion, incluso cuando ese guion nos contradice íntimamente. Las consecuencias de esto son devastadoras en muchos casos, porque lo que hacemos sin querer deja una huella imposible de borrar.

Inevitable pensar aquí en todas esas situaciones en las que nos hemos preguntado sobre el porqué de nuestras propias acciones, si de verdad queríamos algo, o si simplemente no supimos salir de la escena. Sobre esa voluntad propia que tantas veces parece habernos dejado solas en la habitación y es la docilidad la que se ha hecho cargo, haciéndonos participar, e incluso facilitar, situaciones que nos atormentarán para los restos.

La obediencia se vuelve más difícil de detectar cuando adopta la forma del consentimiento. En lo íntimo, muchas veces decimos que sí para no interrumpir un ritmo, para evitar una decepción, para no tener que hacernos cargo de la escena. Foucault insistió en que el poder contemporáneo no funciona prohibiendo, sino organizando: crea marcos donde algunos comportamientos se dan por supuestos. Así, obedecer puede significar simplemente seguir la corriente. Resistirse, negarse, interrumpir, desobedecer, requiere un tipo de activación que no siempre está disponible. Pero hay que tener claro que el consentimiento pleno exige la posibilidad real del no. Sin esa posibilidad, el sí es sinónimo de obediencia.

Y entonces aparece Horses. Hace unas semanas (en realidad ya han pasado unos meses desde que escribí esto), la distribuidora Santa Ragione emitió un comunicado en el que expresaba que su último juego, Horses había sido baneado por Steam.

La respuesta de la plataforma fue la clásica: “no cumple con los principios de la empresa”. Una frase vacía que contrasta obscenamente con el catálogo real de Steam, donde conviven sin problema juegos de tortura, pornografía explícita o violaciones. Como dioses mudos y sin rostro, este tipo de plataformas pueden borrarte sin explicaciones, sin interlocutor, sin la posibilidad de apelar. Su marco decide qué existe y qué no. Esto vale para las plataformas digitales en general de las que el sustento de muchos acaba dependiendo (Steam, YouTube, TikTok, Instagram). Y basta saber que todo puede desaparecer sin explicación para que actuemos dentro de los límites que imaginamos que existen.

Más allá de la polémica con Steam, el videojuego explora de forma muy acertada esta idea del poder del contexto y la obediencia. El jugador llega a una granja donde los “caballos” son personas con máscaras. Todos se comportan como si eso fuera normal. Y el jugador, atrapado por la lógica interna del juego, actúa como si lo fuera. Da de comer. Cumple tareas. Participa. No hay opción real de desvío. Seguir la trama es la condición misma de jugar. En Vigilar y castigar, Foucault describe al sujeto obediente como aquel que internaliza la estructura de vigilancia. No obedece a un agente concreto: obedece al escenario entero.

Por eso me parece que Horses encapsula tan bien esta idea, en la que el poder no necesita amenaza. Es un paisaje. Una normalidad. Una ficcionalidad asumida.
Nos movemos dentro de lo posible, y lo posible suele estar dibujado por otros. Obedecemos porque el escenario lo facilita. Porque el no requiere un quiebro que pocos se sienten legitimados para ejecutar y ante el que otros muchos se sienten indiferentes.

Abruma darse cuenta de que la tesis de Milgram tiene hoy una operatividad todavía más sórdida que en el 71. Milgram no estaba realizando un mero experimento. Como judío, intentaba explicar los hornos crematorios; trataba de entender el funcionamiento de la maquinaria nazi que ‘solo seguía órdenes’. Y ese eco resuena hoy con una violencia insoportable en la maquinaria de aniquilación en la que se ha convertido la administración Trump. Cuando un agente enmascarado mete a niños en jaulas, secuestra a personas y dispara en la cara a alguien que huye, ya no necesitamos asumir que es un sociópata disfrutando del terror y la vulnerabilidad ajenas.

La pesadilla ha vuelto en forma de burocratización del terror y de la banalidad del mal retransmitida en directo. Esa capacidad de convertir la devastación de vidas ajenas en un trámite de oficina es la versión más acabada y terrorífica del experimento: la obediencia convertida en carrera profesional, con salario desorbitado y seguro de salud completo.

MálagaJam Weekend 20