Por tercer año consecutivo, lo que antaño se llamaba IndieDevDay y solo el año pasado era BCN Game Fest, ha cambiado de nombre. Ahora se llama SAGA Barcelona Game Fest. Uno de los escenarios está patrocinado por Movistar y hay castillos inflables gigantes de Nintendo, pero aunque la mona se vista de seda mona se queda. Las entrañas del evento siguen siendo las mismas, las que dan sentido a todo. Son entrañas con nombres propios, como los de Ari, Óscar y Rober, que tenían un estand pequeño incrustado en un pasillo abarrotado, en el que enseñaban su City of Dolorosa, un videojuego precioso que, con un poco de suerte, Steam os permitirá jugar en breve. Pero vamos por orden.
Este año, a diferencia de los tres anteriores en los que fui con mis compañeras de MálagaJam para echar una mano a la organización, he acudido al evento con pase de prensa, una astuta argucia que empecé a gestar hace ya casi 20 años escribiendo paridas en este blog, todo para poder entrar gratis a este tipo de eventos. La verdad, se me hizo raro. Dar vueltas por el pabellón sin un pinganillo en la oreja y sin tener que apagar fuegos tiene muchísima menos gracia. Ahora bien, la otra cara de la moneda es que por primera vez en cuatro años pude sentarme tranquilamente a probar los videojuegos de la gente a la que quiero. Y, lo que es mejor aún, pude sentarme tranquilamente a no hacer ni hablar sobre nada relacionado con los videojuegos.
El viernes, al poco de llegar a Barcelona, quedé con mi amiga Sara para comer. Sara se gana la vida haciendo videojuegos. Pero, como yo, no fue al SAGA a enseñar ningún proyecto, ni a hacer networking, ni a trabajar, ni a saltar en el castillo inflable de Nintendo (aunque no me cabe duda de que le habría gustado). Sara vino a pasar un fin de semana con gente a la que aprecia, con la que está a gusto, a la que quiere. Y eso, en buena parte, es posible gracias al marco que han construido, año tras año, a base de mucho esfuerzo y muchas noches de insomnio, la buena gente de IndieDevDay.
En años anteriores me sabía un poco mal comentar lo bien que funcionaba todo por dentro, por aquello de haber sido parte del personal del evento. Este año, ya detrás de la barrera, no me sabe mal en absoluto. Lo que ha construido el pequeño equipo de IndieDevDay es un oasis. Tras todos esos puestos que venden juegos antiguos de segunda mano a precio de caviar, tras las inevitables zonas patrocinadas, siguen estando los mismos estands de siempre, los que estaban hacen unos meses en Guadalindie y los que (con suerte) estarán en unas semanas en el BIG. Son estands como el de Song of the Peacock de la absurdamente brillante Ara o el de Dungeon’s Gambit del no menos brillante Paco Juan, que con sus ganas y su esfuerzo habitan ese oasis.
Porque sí, las redes sociales te pueden hacer sentir más cerca de la comunidad, pueden ser un apoyo diario. Pero la realidad es que nos hace falta esto. Al menos un par de veces al año es necesario juntarse y abrazarse y bailar y reír y emocionarse y tomar café y, por supuesto, invitar a cervezas. Porque solo con todo eso detrás puede merecer la pena dedicarse a hacer videojuegos.
Escribía la ya mencionada Ari ayer en Bluesky que «si no fuera por los eventos ya habría dejado los videojuegos hace mucho tiempo». Lo entiendo. Desarrollar videojuegos en 2026 debería tener plus de peligrosidad. La sensación general, medio en broma medio en serio, es que los videojuegos se mueren. Hay una miasma de pesimismo pegajosa de la que resulta casi imposible escapar. No hay más que abrir cualquier red social o cualquier medio especializado para, en menos de dos minutos, salir con el alma a los pies y el ceño fruncido.
Por eso este SAGA Barcelona Game Fest es tan importante. Durante 72 horas, las personas que hacen de los videojuegos algo de lo que merece la pena hablar tienen un espacio común que habitar y compartir. El sábado, junto a mis amigas Sara, Eva y Lucía me volví a sentir como no me sentía en… ¿décadas? Me sentí como cuando era pequeño e iba al parque de atracciones. Estuvimos todas juntas dando una vuelta por el pabellón, mirando los distintos estands, hablando con unas y con otros, pasándolo bien. Y en varios momentos de la tarde pensé que menuda suerte. Menuda suerte de tener las mejores amigas del mundo. Pero también menuda suerte de que todavía siga existiendo un espacio como este.
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