Son solo videojuegos

Escrito por en Artículos - 9 febrero, 2012

Son solo videojuegos
Los que llevéis algo más de un mes visitando El Pixel Ilustre —con suerte mucho más tiempo— habréis notado algo raro desde hace un par de semanas: mi colaboración, tradicionalmente abundante (llevo más de 1.100 entradas en esta casa), ha cesado sin previo aviso. El motivo, como sé que alguno ya sabe, es que durante este tiempo he atravesado ciertos problemas personales, que evidentemente no vienen al caso en una entrada de esta índole, que me han hecho pensar y plantearme más que nunca algo que llevaba rondando mi cabeza desde hacía meses, y es que este mundo que tanto nos absorbe y fascina, por mucho que nos pueda llegar a obsesionar, es lo de menos. Demonios, ¡que son solo videojuegos!

Repitiéndome esa frase una y otra vez pase unos cuantos días en los que, pese a tener montones de videojuegos sin probar encima de la mesa (por no hablar de las bibliotecas digitales de Steam o GOG), lo último que quería a hacer era meter un disco en la Playstation 3 y ponerme a jugar a algo. En su lugar canalicé mi apetito de ocio hacia otras prácticas también de mi agrado pero sobre las que no suelo escribir como son la lectura o las películas. Así, tumbado en la cama con un libro en la almohada y la pantalla a tres metros, transcurrieron los días. Cuando me quise dar cuenta había pasado de entrar decenas de veces al día en diferentes páginas web de videojuegos para estar permanentemente al día de lo que ocurre en la industria, a ni siquiera visitar en mi propia casa para ver qué se cocía en su cocina (lo siento chicos). ¿Y sabéis qué? Lo único que podía pensar mientras estaba tumbado con la mirada perdida en dirección a la edición coleccionista de Batman: Arkham City era: “¿Qué coño más da? Son solo videojuegos”.

Casualmente, coincidiendo con todo esto, un buen amigo comenzó a jugar a Civilization V, quedando prendidamente enamorado y enganchado de su concepto de juego. Así que bueno, yo aproveché, lo convencí para jugar online, y así pasamos horas y más horas creando y destruyendo civilizaciones imposibles e impensables a lo largo de la historia. Con frecuencia, mi amigo, no acostumbrado a estas maratonianas sesiones de vicio que solo la estrategia por turnos sabe ocultar tan bien, me decía que quería dejar de jugar cuanto antes, porque sentía que estaba perdiendo el tiempo. “Me siento delante del ordenador y cuando me doy cuenta no he hecho absolutamente nada en toda la tarde”, me lloriqueaba amargamente de vez en cuando. Yo claro, lo único en lo que podía pensar es que jugar a videojuegos nunca puede ser una pérdida de tiempo si te estás divirtiendo de la forma que Civilization sabe divertir. Todo terminó unos días más tarde cuando tras perder la cuarta o quinta partida consecutiva (aunque en realidad todo el mundo sabe que una partida de Civilization V es mucho más que una “partida) mi amigo desinstaló el juego en un ataque de ira alegando que le estaba consumiendo demasiado tiempo y no terminaba de entenderlo bien. Yo, de mientras, pensaba “son solo videojuegos”.

A raíz de este incidente no pude dejar de pensar en lo que nos alteramos todos con los malditos videojuegos. Una página web con la que no tenemos ninguna afiliación y visitamos voluntariamente dice algo negativo de un videojuego que en ocasiones ni siquiera hemos probado y nos enfadamos. Pero no enfadarse de “ay, que tonterías lee uno hoy en día”, no; enfadarse de “me cago en la reputa madre que parió a esta mierda de portal en el que sois todos unos comprados hijos de puta, cabronazos”. Un redactor, que posiblemente no sea más que un zarandajas pegado a un teclado al que le pegan cuatro perras por escribir sin jugar, escribe cualquier basura y nosotros nos enfadamos. No sabemos absolutamente nada sobre el personaje en cuestión, que quizás y muy posiblemente (dependiendo de la web e cuestión) tenga un ligero retraso mental, pero aún así sentimos la imperiosa necesidad de insultar y escupir todos los improperios que se nos ocurran en el menor tiempo posible. Y eh, no me malinterpretéis, yo soy el primero en esputar amenazas de muerte cuando ve a alguien con una opinión distinta en materia de videojuegos, pero no está bonito. ¿Sabéis por qué? Efectivamente, porque son solo videojuegos.

Hoy, encontrándome bastante mejor de los problemas comentados en el primer párrafo, estoy en una encrucijada: tengo aún más juegos por jugar (y a ser posible analizar) que hace dos semanas y de lo único que tengo ganas es de tumbarme en la cama a jugar a Triple Town y Ghost Trick en el iPad y de, redoble de tambores, echarme partidos al Pro Evolution Soccer 2010 con un amigo. Hace un tiempo, digamos dos o tres meses, me hubiese agobiado, habría encerrado el jodido iPad bajo llave en un mueble, tirado el disco “del Pro” por la ventana, jugado hasta la extenuación a mi lista de pendientes y escrito sobre ello mucho y muy fuerte. Pero hoy no. Y está claro que a estas alturas del artículo conocéis de sobra la razón. Porque pese a ser mi afición favorita y posiblemente la vuestra, pese a dedicarle una buena cantidad de horas semanales, pese a deberle algunos momentos maravillosos que supongo nunca olvidaré, pese a haber invertido miles de euros en ellos… son solo videojuegos.

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