Sobre los "bundles"

Escrito por en Artículos - 1 diciembre, 2011

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Hoy en día está muy de moda ser indi. Ser indi mola y todo lo que rodea al hecho de ser indi mola aún más. Los juegos independientes, claro, son muy indis, y claro, molan muy fuerte. Pero el verdadero indi lo es hasta sus últimas consecuencias, y si la fuente de esta «indiegencia» comienza a extenderse y popularizarse, él rápidamente renegará de ella acusando al resto, a los que acuden con presteza a la nueva corriente de interés, de «hipsters del videojuego». Porque ser indi no es fácil, y en ocasiones basta que una buena idea comience a parecérselo a más gente, para que la amenaza del «mainstream» nos saque cagando leches de nuestra burbuja.

¿Recuerdan las gafas de pasta muy grandes de montura negra? ¡Qué alternativas eran el año pasado! Ibas por la calle con ellas y te sentías el rey del mambo, único en tu especie, como un dios de lo alternativo entre mortales que bailan al son de las tendencias. Pero claro, resultó que las gafas de pasta muy grandes de montura negra le gustaron a mucha gente, y de un tiempo a esta parte cada vez más y más jóvenes se las empezaron a comprar. Y lo que es peor, los señores de las ópticas, que de tontos no tienen un pelo, comenzaron a traerlas a montones y a ponerlas a precios muy asequibles para que todo el mundo, por poco independiente y casposo que fuese, las pudiese adquirir sin demasiados problemas. Los «hipsters» originales quedaron destrozados. Tan destrozados que no les quedó otra que renegar de las dichosas gafas. En el proceso, por supuesto, intentaron dejar bastante claro que las gafas de pasta muy grandes de montura negra habían encontrado su sitio, que ya no eran minoritarias, y que ahora había una corriente de señores que básicamente no tenía ni puñetera idea lo que era caminar con ellas por la calle.

Ahora extrapolen. Sustituyan «gafas de pasta muy grandes de montura negra» por videojuegos independientes y «el año pasado» por algo más de tiempo. Hace unos años podías sacar un suplemento dedicado al mundo de los videojuegos independientes, ensalzando títulos por entonces no tan mitificados como Braid y poniéndolo a la altura de los mejores de la historia, y quedabas como un rey (del mambo). Hoy, debido a la atronadora explosión de la esfera independiente, ya no mola tanto hablar de ellos. Hoy los videojuegos independientes ya no son tan independientes. Hoy ya no hay que preocuparse porque el desconocido Jonathan Blow pueda financiar su próximo proyecto, es rico y famoso, puede hacerlo. Hoy ejércitos de un sólo hombre como Marcus «Notch» Persson ganan batallas a titanes del mundo de los videojuegos con ejércitos de abogados a sus espaldas. Hoy, por desgracia para algunos, los videojuegos independientes se han convertido en las gafas de pasta muy grades de montura negra.

Todo esto viene, por si os lo estáis preguntando, en respuesta a esas voces que braman en contra de la masificación de los ya populares «bundles», un modelo de negocio relativamente joven que ha demostrado ser muy rentable para el desarrollador independiente. La primera vez que nos plantaron el «Humble Bundle» en las narices a muchos se nos cayó el culo al suelo. Podíamos pagar lo que nos diese la gana por cinco títulos de contrastada calidad, y no como es habitual dándole una buena parte del dinero al intermediario, sino pudiendo entregárselo todo a sus creadores. Sólo había una pega que echó para atrás a muchos posibles compradores: los juegos eran DRM Free y esto implicaba que no podíamos asociarlos a nuestra querida cuenta de Steam. Así que Gabe Newell, el orondo padre de Steam, acudió al rescate diciendo que sí, que vale, que a partir de ahora podrían registrar esos juegos en su plataforma. ¡Qué felices eramos todos! Ayudábamos directamente a los progenitores de muchas joyas indis, al tiempo que teníamos juegos buenos, baratos y que podemos registrar en Steam (o no). Todo era perfecto. ¿O no lo era?

Pues se ve, queridos amigos, que todo no debería ser tan perfecto cuando un año más tarde nos estamos quejando de que estos «bundles» que tanto nos gustan son demasiado frecuentes o de una calidad inferior al original. Como si alguien nos obligase a pasar por caja cada vez que salen, nos rasgamos las vestiduras porque estén centrados en una compañía concreta. «¿Qué derecho tiene esta empresa de turno a intentar vender sus productos mediante un modelo que sigue siendo igualmente bueno pero que ahora se ha masificado tanto que ya no me gusta?», gritan algunos. «¿Dónde está el problema?», digo yo. ¿Acaso es peligroso tener más opciones? ¿No será que vemos gigantes en la distancia?

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